España política en fase de realineamiento

1 de mayo de 2019

Con más del 75% de participación, las elecciones generales del domingo 28 de abril en España acaban de dejar muchas lecciones sobre el estado del realineamiento político en curso. Al final de una legislatura difícil: la crisis catalana que alcanzó su punto máximo en el otoño de 2017, el voto de censura de junio de 2018 que derrocó a Mariano Rajoy y al Partido Popular a favor del socialista Pedro Sánchez, él mismo un sobreviviente de esta legislatura tan rota (ver Pedro Sánchez y el desafío del gobierno, huesos19 de octubre de 2018)–, el voto español tendría al menos dos sentidos: el juicio que expresaron sobre la gestión de estas crisis y la esperanza que expresaron para el futuro.


No podemos culparlos por no hablar lo suficientemente claro.


La victoria socialista (28,7% de los votos y 122 escaños) permitió al PSOE salir de una década nefasta. Tras derrotar de nuevo al Partido Popular en 2008, el PSOE de Zapatero se hundió en sus contradicciones, al principio incapaz de reconocer la existencia de una gran crisis económica y luego respondiendo con políticas distintas a las recomendadas por el conservadurismo de Angela Merkel. En 2011, el PSOE cayó al 28 % de los votos, antes de colapsar al 22 % en 2015 y 2016. Después de eso, se vio amenazado por la competencia de Podemos. Con Pedro Sánchez, el PSOE parece haber salido del purgatorio donde lo habían relegado los votantes españoles. Pero el partido sigue recuperándose. Gracias a una práctica presidencial llevada al extremo (se ha convertido en una muestra del funcionamiento político español), Pedro Sánchez ha formado un grupo parlamentario pisándole los talones del que no teme rebelión alguna. Su autoridad sobre el partido ahora parece inigualable en el mediano plazo. Se impuso en una línea que oscila entre la reivindicación del ideal de izquierda y el realismo gubernamental. Se proyecta para los próximos diez años y encomienda al PSOE la tarea de transformar España, empezando por su modelo social todavía demasiado desigual.


Eso sí, quedan muchos puntos sin aclarar, empezando por su visión de la salida de la crisis en Cataluña. Pero los votantes le dieron crédito por no encerrarse en un tema único y tenso. Al no lograr hacer de Cataluña el alfa y el omega de toda la política española, el PSOE ha superado en ideas y temas a la primera pero más amplia izquierda española y a Podemos a la derecha (electoralmente, los tres partidos de derecha obtienen el 43,5% de los votos frente al 41,5% de la izquierda, pero en escaños la relación es de 147 a 165).


Podemos, cuya pérdida de dinamismo señalaron todos los observadores, registró un marcado descenso, pasando de 71 diputados electos a 45 y del 21,1% de los votos al 14,3%. Este es el final del sueño de superación del PSOE: la izquierda radical se sabe condenada a ser nada más que el aguijón de izquierda de un gobierno progresista. También sabe que el PSOE puede optar por gobernar solo y apoyarse en un tiro por la izquierda, un tiro centro en versión española de la triangulación macroniana. Pero si el resultado es menos malo de lo esperado, Podemos sufrió algunos reveses importantes: en Cataluña, primera fuerza en 2016, la UP descendió a la cuarta posición, perdiendo más de 200.000 votos; en el País Vasco, la educación cae del 29% de los votos al 17%. En otras palabras, la «cuestión nacional» es una piedra en el zapato de la izquierda radical. Su posicionamiento equidistante ya no es completamente ganador.


Un último elemento: la suma de PSOE-Podemos es casi del 42%. En 2016, eso fue un poco más del 43%. Es el equilibrio dentro de la izquierda lo que ha cambiado, no la tendencia general. La izquierda española vuelve a centrarse en su fuerza histórica, el PSOE.


El Partido Popular es el gran ganador de la votación. Cayó bruscamente, pasando del 33% de los votos y 137 diputados al 16,7% y 66 cargos electos. Pierde la mayoría absoluta en el Senado, a favor de los socialistas. Sobre todo, que deje de ser este partido el que consolide todos los derechos para no representar más a un partido a la deriva. El balance no podía ser más desastroso. En 2016 reinaba el PP y era el PSOE el que estaba al borde del colapso. Esta vez, el PP está casi herido de muerte. No solo el PP perdió el poder casi vergonzosamente en junio de 2018 y Mariano Rajoy dejó a sus compañeros a su suerte; pero ahora el partido está pagando el fracaso político de Rajoy y el esbozo de respuesta que el nuevo líder Pablo Casado quería darles. En realidad, y de manera mucho más sencilla, la guerra implícita y clandestina de las corrientes estalló abiertamente durante las primarias, el congreso y la preparación de las listas para las elecciones generales de julio de 2018. Pablo Casado depuró el partido de todo vestigio de «marianismo» y se adhirió a una línea más «aznarianista». Al hacerlo, ignoraba el legado de gobierno de Rajoy y el éxito de la recuperación económica, subrayando las carencias estrictamente políticas de la actitud de espera ante la crisis en Cataluña, la falta de discurso articulado y la globalización y, Y por último pero no menos importante, procrastinación, cuando no es complicidad, en términos de corrupción. Traumatizado por las circunstancias en las que dejó el poder, el PP de Pablo Casado no ha emprendido en modo alguno un proceso de renovación, pero sí una depuración que no ha escapado a la atención de nadie, especialmente de sus electores.


Es probable que la magnitud del desastre para el PP se repita en las elecciones municipales y autonómicas del próximo 26 de mayo. No es un baluarte donde su declive sea tan grande, como muestra este cuadro.



Además, el PP desaparece del País Vasco y consigue sólo un escaño de diputado en Cataluña, ¡una comunidad autónoma que envía 48 diputados a Madrid! En definitiva, miremos como miremos el balance, aparece su dimensión catastrófica.


Los líderes del PP atribuyen esta situación a la división y fragmentación de la derecha. Con un sistema electoral proporcional según la ley de Hondt (los escaños se asignan progresivamente dividiendo el resultado de cada partido por el rango del escaño a cubrir y gana el mayor cociente) y con circunscripción provincial, es cierto que la competencia entre partidos debilita los bandos . Así fue en 2015 y 2016, cuando la rivalidad entre PSOE y Podemos benefició un poco al PP; este año el PSOE es el gran beneficiado de este sistema (por ejemplo en Rioja el PSOE obtuvo dos escaños con el 31,7% de los votos, mientras que en 2016 el PP obtuvo el mismo resultado con el 42% de los votos). Pero la explicación mecánica de los líderes del PP no es la única en duda.


Vox, con 2,6 millones de votos (10,7%), muerde al electorado conservador (así en Madrid el 13,8%, en Valencia el 12%, en Murcia el 18,6%, en Andalucía el 13,4%). Pero la suma de Vox y PP solo consiguió el 27% de los votos, es decir, el bajío de la derecha en el bajío de los 80. Entonces hubo una división mortal del electorado conservador, pero a pesar de esa división hay un nivel anterior a la recreación del PP en 1990 por parte de José María Aznar.


El fenómeno Vox era más esperado. Ingresa al parlamento con 24 miembros electos. Sobre todo, confirma su presencia territorial en Andalucía (obtuvo 200.000 votos entre diciembre de 2018 y abril de 2019), en Murcia, es decir, en regiones con alta concentración de población extranjera. En cambio, es un fracaso irrenunciable en el País Vasco (2,2%), aunque los fundadores son exmilitantes del PP en esta región, en Cataluña (3,6%), en Galicia (5,3%). El discurso ultracentralizador tuvo el efecto de movilizar el nacionalismo y dividir derechos. Puede que Vox haya entrado en política para siempre, como afirma su líder Santiago Abascal, sin embargo pronto tendrá un problema de posicionamiento y amenazará con convertirse en un obstáculo para la victoria de las derechas… ¡Extraña situación para el Paladín de la Reconquista!


La otra gran lección de las elecciones es el ascenso de los votos nacionalistas. 34 diputados pertenecen a diferentes partidos: Esquerra Republicana Catalana [ERC] (17) y Junts pel Catalunya (7), ambas formaciones claramente independientes, Partido Nacionalista Vasco (6), EH Bildu Formación Independentista Vasca (4), Coalición Canaria (2), Partido Regionalista de Cantabria (1). Por supuesto, estas diferentes formaciones no tienen la misma historia ni el mismo significado político. Los dos últimos son la expresión de un regionalismo que negociará con la mayoría, sea quien sea, para obtener duros y fríos beneficios para su región. El Partido Nacionalista Vasco no dista mucho de la misma dinámica, pero se esconde detrás de una larga historia para ocultar el carácter mendigo de su planteamiento. Ligeramente diferentes son los dos partidos separatistas catalanes que el domingo por la tarde creyeron que su éxito era el de la independencia. Sin embargo, ERC y Junts pel Catalunya solo obtienen el 37% de los votos en Cataluña. Si sumamos otras formaciones separatistas, esta opción sólo consiguió el 40% de los votos. El Partido Socialista de Cataluña es el gran «resucitador» de estas elecciones: con el 23% de los votos y 12 elegidos, ¡obtiene 5 escaños y 400.000 votos!


El quiebre del estado de ánimo, que no sólo caracteriza a España, sino que se inscribe en la crisis de representación democrática en Europa, toma aquí un cariz regionalista e independiente, reflejando la historia del país, sus fuertes tradiciones locales y el dinamismo de un Estado. de Autonomías que se pronuncia con fuerza sobre la definición de la clientela local.


Si los centristas antinacionalistas de Ciudadanos obtienen una honrosa puntuación (casi el 16% de los votos y sobre todo 57 elegidos, es decir, 25 más que en la anterior asamblea), aprovecharon el lado derechista de su campaña para » canibalizar» a parte del PP, pero sufrió una fuga de votantes más moderados hacia el PSOE. Albert Rivera ha optado por posicionarse como el futuro líder de la oposición a Pedro Sánchez. Hace el cálculo muy político de que la derecha en disolución le abrirá un bulevar y se entera de que los socialistas están siendo perjudicados por tener que gobernar con Podemos y los ‘separatistas’. Al hacerlo, se encierra en una contradicción: aunque sus 57 diputados permitirían numéricamente que Sánchez y el PSOE no dependan de los separatistas, cómo explicarle a un electorado que confiaba en él que es mejor dejar el país a los Frankenstein mayoría durante cuatro años con la única esperanza de ponerse al día cuatro años después?


Muchas otras lecciones surgirán de esta votación. También se han suspendido porque su trascendencia depende de la votación municipal y autonómica del próximo 26 de mayo. Destaca, sin embargo, una primera realidad: la cultura política de la democracia española siempre ha tendido a sobrevalorar la moderación y el centro (centro-izquierda y centro-derecha). Al movilizarse con tanta fuerza el domingo, los votantes españoles han reiterado su adhesión a esta vía moderada y han pedido a sus representantes electos que respondan a partir de ahora. Ese es el sentido del voto para el PSOE y para Ciudadanos. Este es el sentido de las desgracias del PP y Podemos. ¿Será capaz la clase política española de escuchar este deseo mayoritario?

Alarico Orozco

"Gurú de las redes sociales sin disculpas. Lector general. Especialista en cultura pop incurable".

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